El 24 de abril de 2007 se cumplieron 100 años del nacimiento de Gabriel Figueroa, quien con sus propias técnicas y su visión personal contribuyó a crear la época de oro del cine mexicano, en la década de los 30 y 40.
Considerado como "uno de los revolucionarios del séptimo arte en el mundo", Figueroa (1907-1997) trabajó en Estados Unidos y México junto a cineastas como Luis Buñuel, John Ford o Emilio "El Indio" Fernández.
En cada una de las más de 200 películas en que participó dejó un sello distintivo usando juegos de luces y sombras, encuadres únicos o herramientas fotográficas para dar mayor dramatismo, fuerza o belleza a las imágenes.
En 1932 ingresó a la industria fílmica como fotógrafo de tomas fijas en la cinta "Revolución", después como camarógrafo de "¡Viva Villa!" Tres años más tarde recibió una beca para estudiar en Estados Unidos con Gregg Toland, director fotográfico de Ciudadano Kane.
Contemporáneo de los muralistas David Alfaro Siqueiros, el Dr. Atl o Diego Rivera, de quien fue vecino, Figueroa ayudó a difundir la cultura mexicana a principios del siglo XX, aunque a través del cine.
Para filmar la escena de un velorio de "Flor Silvestre", Figueroa se basó en el cuadro "El Réquiem" de José Clemente Orozco. En el estreno de la película, por casualidad, el cineasta se sentó junto al pintor y le confesó: "Maestro, soy un ladrón honrado, eso es de usted, lo copié".
A lo que Orozco respondió: "Sí, pero usted tiene una perspectiva que yo no logré. Quisiera que me invitara a verlo trabajar para ver cómo lo logra".
"Y así pude, creo yo, incorporar la fotografía cinematográfica al movimiento plástico mexicano en forma de balances, de claroscuros, de cielos entornados, de nubes fuertes (...) para así poder obtener una imagen muy mexicana en blanco y negro", dijo el cinefotógrafo en una entrevista realizada en 1996, un año antes de su muerte.
También "tuve influencia del expresionismo alemán y después de (el director ruso Sergei) Eisenstein", explicaba el llamado "maestro de la luz".
Su rasgo distintivo en la pantalla fue la iluminación, cuyos secretos aprendió de Toland o los tratados de óptica de Leonardo da Vinci, perfeccionados de acuerdo con sus propias creencias: "La iluminación es privilegio del fotógrafo, él es el dueño de la luz".
"Tu cámara ha reflejado en grande los cielos de México, las montañas, los valles, los ríos, los hombres de a caballo y las mujeres que abren su rebozo", escribió Elena Poniatovska en su libro "La mirada que limpia", sobre la vida y obra de Figueroa.
Ejemplo de ello fueron "Allá en el rancho grande", su primera cinta como director de fotografía; o "María Candelaria", premiada en Cannes, protagonizada por Dolores del Río, su amiga de tiempo atrás y quien le sugirió dedicarse a plasmar la mexicanidad.
Entre sus trabajos más memorables están "Los olvidados" (1950), "La noche de la iguana" (1964) y "Macario" (1959). También 20 películas que rodó al lado de "El Indio" Fernández, las cuales posicionaron el cine mexicano a nivel internacional, conjuntando los mejores actores y guiones.
Para el escritor Alberto Ruy Sánchez, Gabriel Figueroa fue "un artista e inventor de útiles para su arte: lentes y filtros, procesos de laboratorio, máquinas de iluminación y, sobre todo, manera de usar esos objetos".
Publicado en el El Sol de México.
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